Aquél día me dejé llevar,
por el puto demonio,
que me vino a comer la oreja,
e hizo que te dijera aquello.
La pena es que no te diste cuenta,
de que yo no estaba bien.
Ojalá aquello que decías
hubiera sido verdad.
Eso de que muy bien me conocías,
cuando no lo fué en realidad.
Porque verás, tú no te diste cuenta
de que yo te estaba mintiendo,
que yo no me estaba riendo,
así aprovechaste para irte sin más.
Ambos, cansados, lo hicimos mal,
pero yo por lo menos intenté recuperarte,
y tú me convertiste en una estatua de sal,
con el dedo señalandome,
lleno de hiel y maldad,
porque no perdiste tu tiempo
para ponerme verde y tal,
y obvio ellos aprovecharon,
ya sólo me usaron para burlar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario