Hubo un tiempo, antaño,
tuve un sireno a mi lado.
Una vez abrió su boca él me atrajo,
con sus risas y su desparpajo.
Irremediablemente hacia sí,
sentía un terrible frenesí,
por desgracia nunca pude
verle a él en su desnudez.
Tiene dedos de pianista y unos ojos sin igual,
y ese embrujo el alma se me lleva a un lugar del que no saldrá.
Él era radiante, su cabello, su mirar,
unos labios turgentes y su carita... que quiero besar.
No me hace falta mucho más,
aunque sufro mucho porque nunca lo tendré,
tengo que conformarme con la realidad,
y es que se esfumó tal como lo encontré.
Nunca podría saber
lo que iba a acontecer,
ni si en realidad quería quedarse,
o escapar sin un porqué.
Es hijo de la tierra y el viento,
de la bruma y el tormento,
Sin saberlo él se convirtió,
en mi único alimento.

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