- Me das miedo... - te dije inquieta.
- No te preocupes!! - respondiste con un hilito de voz.
Tomaste mi mano con la tuya, tan pequeña,
y la acercaste a tu pecho por si sentía tu corazón.
- No late, ya no duele, ¿quieres ser como yo?
Si es así, adelante, entrégame tu órgano, que yo lo parto en dos.
Te miré fíjamente y pensé, ¿porqué no?
Asentí con la cabeza y me arrodillé en un rincón,
dejé que el pecho me abriera, aunque con mucho dolor.
- ¿Oh? ¿Qué es esto? - Ella exclamó.
Y es que tenía en las manos
los pedazos del q ue fué mi corazón.
- Esto ya está roto, ¿porqué sigues sintiendo dolor?
Ah, calla, ya veo, lo sigues cosiendo, ¿porqué pierdes la razón?
¿No ves que así sólo sufres más?
¡¡No intentes arreglar algo roto, porque solo lo empeorarás!!
- No puedo evitarlo, pequeña, yo aún le quiero a él,
así que lo sigo armando con piezas, y recuerdos, y un poquito de miel.
Así, si es dulce, no hay tanto amargor,
porque el desastre y la lucha me han hecho ser un poco peor.
Sigo teniendo esperanza, y por eso lo arreglo con trozos de escarcha.
También uso hilo rojo, el del destino, por si así él me alcanza.
- Psss... - la niña se desespera,
me mira con desprecio y me da la espalda.
- Así no podrás seguir adelante,
ya verás, aguarda un instante.
La miro alejarse de mí,
y tal vez un poco culpable me siento,
he perdido la ocasión de dejar de revivir
los recuerdos, su voz y su talento.
Pero bueno, qué quieres que te diga,
aún le quiero, y hasta que siga,
sólo me queda aguantar hasta que reviente,
y quien sabe si será pronto, o a deshora.

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