Ojalá pudiera arrancarme este brazo, del que cuelga la mano que te escribió
palabras absurdas que nos hirieron, e hicieron que te fueras, mi amor.
Ya sé que no fuí la única que una mala decisión tomó,
pero igual siempre lo llevo en el recuerdo, y no es algo que me perdone, ni aún con tiempo cesó.
El dolor de perderte fué enorme, el enojo se quedó flotando en el corazón,
lo peor fueron las lágrimas y la agonía, que me dejaban casi sin razón.
Aún hoy lo lamento, no me perdono, así soy yo.
Seguro que tú también piensas en ello, no soy la única, así pues, ¿porqué no?
Retomar aquellas risas, el llanto, el disfrute y la picardía,
teniendo presente que lo que nos pasó...
era una lección de vida impresa
en nuestro destino, nuestras almas y en nuestra cruz.

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